Los juicios y el problema de la autoridad (UCDM)

Hemos hablado ya del juicio Final, aunque no con gran detalle. Después del juicio Final no habrá ningún otro. Dicho juicio es simbólico porque más allá de la percepción no hay juicios. Cuando la Biblia dice “No juzguéis y no seréis juzgados” lo que quiere decir es que si juzgas la realidad de otros no podrás evitar juzgar la tuya propia.

La decisión de juzgar en vez de conocer es lo que nos hace perder la paz. Juzgar es el proceso en el que se basa la percepción, pero no el conocimiento. He hecho referencia a esto anteriormente al hablar de la naturaleza selectiva de la percepción, y he señalado que la evaluación es obviamente su requisito previo. Los juicios siempre entrañan rechazo. Nunca ponen de relieve solamente los aspectos positivos de lo que juzgan, ya sea en ti o en otros. Lo que se ha percibido y se ha rechazado, o lo que se ha juzgado y se ha determinado
que es imperfecto permanece en tu mente porque ha sido percibido. Una de las ilusiones de las que adoleces es la creencia de que los juicios que emites no tienen ningún efecto. Esto no puede ser verdad a menos que también creas que aquello contra lo que has juzgado no existe. Obviamente no crees esto, pues, de lo contrario, no lo habrías juzgado. En última instancia, no importa si tus juicios son acertados o no, pues, en cualquier caso, estás depositando tu fe en lo irreal. Esto es inevitable, independientemente del tipo de juicio de que se trate, ya que juzgar implica que abrigas la creencia de que la realidad está a tu disposición para que puedas seleccionar de ella lo que mejor te parezca.

No tienes idea del tremendo alivio y de la profunda paz que resultan de estar con tus hermanos o contigo mismo sin emitir juicios de ninguna clase. Cuando reconozcas lo que eres y lo que tus hermanos son, te darás cuenta de que juzgarlos de cualquier forma que sea no tiene sentido. De hecho, pierdes el significado de lo que ellos son precisamente porque los juzgas. Toda incertidumbre procede de la creencia de que es imprescindible juzgar. No tienes que juzgar para organizar tu vida, y definitivamente no tienes que hacerlo para organizarte a ti mismo. En presencia del conocimiento todo juicio queda, automáticamente suspendido, y éste es el proceso que le permite al conocimiento reemplazar a la percepción.

Tienes miedo de todo aquello que has percibido y te has negado a aceptar. Crees que por haberte negado a aceptarlo has perdido control sobre ello. Por eso es por lo que lo ves en pesadillas, o disfrazado bajo apariencias agradables en lo que parecen ser tus sueños más felices. Nada que te hayas negado a aceptar puede ser llevado a la conciencia. De por sí, no es peligroso, pero tú has hecho que a ti te parezca que lo es.

Cuando te sientes cansado es porque te has juzgado a ti mismo como capaz de estar cansado. Cuando te ríes de alguien es porque has juzgado a esa persona como alguien que no vale nada. Cuando te ríes de ti mismo no puedes por menos que reírte de los demás, aunque sólo sea porque no puedes tolerar la idea de ser menos que ellos. Todo esto hace que te sientas cansado, ya que es algo básicamente descorazonador. No eres realmente capaz de estar cansado, pero eres muy capaz de agotarte a ti mismo. La fatiga que produce el juzgar continuamente es algo realmente intolerable. Es curioso que una habilidad tan debilitante goce de tanta popularidad. No obstante, si deseas ser el autor de la realidad, te empeñarás en aferrarte a los juicios.  También les tendrás miedo, y creerás que algún día serán usados contra ti. Sin embargo, esta creencia sólo puede existir en la medida en que creas en la eficacia de los juicios como un arma para defender tu propia autoridad.

Dios ofrece únicamente misericordia. Tus palabras deben reflejar sólo misericordia porque eso es lo que has recibido y eso es lo que deberías dar.  La justicia es un expediente temporal, o un intento de enseñarte el significado de la misericordia. Es juzgadora únicamente porque tú eres capaz de cometer injusticias.

He hablado de distintos síntomas, y, a ese nivel, la variedad de los mismos es casi infinita. Todos ellos tienen, no obstante, una sola causa: el problema de la autoridad. Ésta es “la raíz de todo mal”. Cada síntoma que el ego inventa es una contradicción debido a que la mente está dividida entre el ego y el Espíritu Santo, de tal modo que cualquier cosa que el ego haga es parcial y contradictoria. Esta posición insostenible es el resultado del problema de la autoridad que, al aceptar como premisa el único pensamiento inconcebible, sólo puede producir ideas que a su vez son inconcebibles.

El problema de la autoridad es en realidad una cuestión de autoría. Cuando tienes un problema de autoridad, es siempre porque crees ser tu propio autor y proyectas ese engaño sobre los demás. Percibes entonces la situación como una en que los demás están literalmente luchando contigo para arrebatarte tu autoría. Éste es el error fundamental de todos aquellos que creen haber usurpado el poder de Dios. Esta creencia les resulta aterradora, pero a Dios ni siquiera le inquieta. Él está deseoso, no obstante, por erradicarla, no como un castigo para Sus Hijos, sino tan sólo porque sabe que les produce infelicidad. Las creaciones de Dios disponen de la verdadera Autoría, mas tú prefieres permanecer anónimo cuando eliges separarte de tu Autor. Al no tener certeza con respecto a Quién es tu verdadero Autor, crees que tu creación fue anónima. Esto te pone en una situación en la que lo único que parece tener sentido es creer que tú tecreaste a ti mismo. La disputa acerca de quién es tu autor ha dejado a tu mente en tal estado de incertidumbre que ésta puede incluso llegar a dudar de que tú realmente existas.

Sólo los que abandonan todo deseo de rechazar pueden saber que es imposible que ellos puedan ser rechazados. No has usurpado el poder de Dios, pero lo has perdido. Afortunadamente, perder algo no significa que haya desaparecido. Significa simplemente que no recuerdas dónde está. Su existencia no depende de que puedas identificarlo, o incluso localizarlo. Es posible contemplar la realidad sin juzgar y simplemente saber que está ahí.

La paz es el patrimonio natural del espíritu. Todo el mundo es libre de rechazar su herencia, pero no de establecer lo que ésta es. El problema que todos tienen que resolver es la cuestión fundamental de la autoría. Todo miedo procede en última instancia, y a veces por rutas muy tortuosas, de negar la verdadera Autoría. La ofensa no es nunca contra Dios, sino contra aquellos que lo niegan. Negar Su Autoría es negarte a ti mismo la razón de tu paz, de modo que sólo te puedes ver a ti mismo fragmentado. Esta extraña percepción es el
problema de la autoridad.

No hay nadie que de una manera u otra no se sienta aprisionado. Si ése es el resultado de su libre albedrío, tiene, por ende, que considerar que su voluntad no es libre, o, de lo contrario, el razonamiento circular de esta premisa sería evidente. El libre albedrío no puede sino conducir a la libertad. Los juicios siempre aprisionan, ya que fragmentan la realidad con las inestables balanzas del deseo. Los deseos no son hechos. Desear implica que ejercer la voluntad no es suficiente. Sin embargo, nadie que esté en su mente recta podría creer que lo que desea es tan real como lo que su voluntad dispone.

En vez de “Busca primero el Reino de los Cielos” di: “Que tu voluntad sea antes que nada alcanzar el Reino de los Cielos” y habrás dicho: “Sé lo que soy y acepto mi herencia.

 

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